domingo, 4 de mayo de 2014

El mágico mundo de lo viejo




Escarbar entre lo viejo como un gaturro en la basura es mi actividad favorita del domingo. Mi principio de Diógenes actúa como un reloj esos días. Es pasajero y me produce una extraña sensación de morbo infantil e insignificancia existencial de lo más placentera y a la vez inquietante:

Buscar el sentido de la vida en una procesión de golondrinas pegadas en una pared verde veronés

Repasar los ABCs que leían tus bisabuelos, en el caso de que supieran leer;

Meterte en la balsa vacía de tus abuelos, donde una bicicleta se consume en óxido y repasar con el dedo las firmas viejas de otros niños que disfrutaron de ella, tapadas por el estucado y olvidadas por el tiempo. 

Saquear las llamas del infierno sin miedo a que una teja te desnuque. 

Salir de allí, volver al siglo XXI, palpar mis manos, sentirlas reales, de carne y hueso. Mirar al cielo. Desenfocar el Sol entornando los ojos y volver a casa de la Abuela.

Las chicharras dan un concierto de rock en la rambla. Todo continúa con su romántica languidez.

A veces me pregunto qué pensó Mr Singer antes de apretar el gatillo, a veces me pregunto cómo hubiera sido su vida de haber podido oír.




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