martes, 20 de mayo de 2014

El labrador de más aire...

Es una herida tan bella, 
que estoy sufriendo por ella 
y estoy a gusto en mi herida. 
Por ella me desespero, 
muerdo la flor de la tuera, 
vivo como si viviera 
en medio de un avispero. 
Por ella estoy que me muero, 
y a pesar de andar metida 
en vida tan dolorida,  
sufro sola, sangro sola 
al compás de la amapola, 
y estoy a gusto en mi herida. 
Sé que recrearme así 
en esta herida fatal 
solamente agrupa el mal 
sobre la triste de mí. 
Sé que de este frenesí 
he de salir tan vencida 
como la hoja caída 
antes del otoño amargo, 
y lo espero, sin embargo, 
y estoy a gusto en mi herida.


La sufrida Encarnación de "El labrador de más aire", de Miguel Hernández.







Hoy casi un hombre
No sé mi nombre ni quién soy

Carmen y Gloria, Vainica Doble









sábado, 17 de mayo de 2014

Vida en sombras

Te recuerdo entrando en una tienda de discos del Soho. Habíamos caminado una hora diciendo tonterías y riendo, planeando hacer después algo divertido: tomarnos un helado, ir a tu casa y levantarnos a las 8 del día siguiente con resaca y sin trapos. Y, sobre todo, hablar de nuestros sueños, del futuro, de esa página en blanco que acaba en la basura sin que nos demos cuenta.

Todo lo que quería era una foto tuya, las vistas desde tu ventana, las vistas hacia tu ducha, o las vistas del rellano, contigo escalones abajo, con tu perrita. 



Bicheamos entre los discos y de entre todos ellos agarraste el que más te gustó, sacaste tu monedero para hurgar en tu triste economía y te lo compraste. La alegría y la excitación de ir a casa con un disco metido en su plástico no se compara a nada.

Todo aquello ha pasado hace muchos años, sigo poniendo aquel disco tan bonito que me dejaste en herencia cuando volaste. De vez en cuando pienso en tí y no consigo recordar tu cara, es como una de las tantas sombras que han aparecido en mi vida. En las noches más solitarias tu sombra crece y se desvanece, la oscuridad es algo intermitente en la vida, pero, tarde o temprano, inminente. Yo también soy una sombra que se ha cruzado con otros buenos amigos, una sombra que tarde o temprano acabará en el olvido.













lunes, 12 de mayo de 2014

Un sueño

¡Recibe en la frente este beso!

Y, por librarme de un peso


antes de partir, confieso


que acertaste si creías


que han sido un sueño mis días;


¿Pero es acaso menos grave


que la esperanza se acabe

de noche o a pleno sol


con o sin una visión?

Hasta nuestro último empeño


es sólo un sueño dentro de un sueno.

Frente a la mar rugiente


que castiga esta rompiente


tengo en la palma apretada


granos de arena dorada

.
¡Son pocos! Y en un momento


se me escurren y yo siento


surgir en mí este lamento:


¡Oh Dios! ¿Por qué no puedo


retenerlos en mis dedos?


¡Oh Dios! ¡Si yo pudiera


salvar uno de la marea!


¿Hasta nuestro último empeño


es sólo un sueño dentro de un sueño?
Edgar Allan Poe




Gracias a tu cuerpo doy por haberme esperado
Tuve que alejarme pa llegar hasta tu lado
Lhasa de Sela





















BABY, IT'S YOU: La canción

Me pregunto en qué estado de inspiración se encontraba Burt Bacharach cuando compuso esta canción, a la que Mack David (hermano de Hal, su letrista habitual) escribió una letra que le venía como un guante. Concebida a principios de los 60, "Baby, it's you" es una de las canciones más bonitas que se han escrito y que con cada versión que se hace se vuelve a reescribir. 

Innumerables son las versiones que a lo largo de la década fueron sacando las bandas y artistas más dispares. Sin embargo, sólo son 3 de ellas las que adquieren una entidad propia, convirtiéndola en una pieza maestra totalmente distinta  y, de paso, con un sonido muy representativo del momento que se vivía en el panorama artístico.

La versión de las Shirelles: El prototipo de las posteriores. Su productor, Luther Dixon, recrea una atmósfera nunca antes vista en un grupo de chicas, que eran los romperecords a comienzos de la década. Su calidez, su misterio, su envejecida instrumentación, como si fuera de una vieja caja de música, sus coros fantasmales, y la sensibilidad de Beverly Owen (una de las mejores vocalistas del mundo) al cantarla la convierten en una extraña pieza, en una entidad atemporal, en un viaje místico sin igual... para vendernos la idea del amor incondicional. Ideal para escucharla a las tantas de la madrugada, fumando un último cigarro, mirando al cielo, resguardándote del frío con una manta y con el calor de una compañía y queriendo que el mundo se detenga.




La versión de los Beatles: Si pudiera resucitar a John Lennon y hablar con él (con la de preguntas que le podría hacer mucho más interesantes), seguramente el primer tema sería en torno a esta canción, a las Shirelles, y a cómo se le ocurrió concebir esta maravilla. Iniciando ya la invasión inglesa por todo el mundo, este es uno de los mejores ejemplos de que cuando interpretas temas de otros autores puedes convertirte en uno de ellos por mucho que hayan pasado los años. El ligero adelanto sobre la melodía de cada verso, sus giros vocales y el entusiasmo que desprende al cantarla, reafirman a Lennon como una de las más brillantes voces que nos ha regalado el mundo. Ideal para escucharla por la tarde, si puede ser en cualquier sitio alejado del mundo, una cala, un parque, una montaña o la terraza de unas obras abandonadas, cuando el Sol lo pinta todo de ámbar. Les dejo pues, con una de las mejores canciones de amor de Los Beatles:




La versión de (A group called) Smith a finales de la década y como representantes del sonido post-Woodstock y pre-Altamont, esta banda le da otra vuelta de tuerca al tema y se apropia de él con extraordinaria maestría. Rebeldía, desgarro, progresión, guitarras, trompetas y órganos psicodélicos. Todo en esta canción desprende erotismo y, en un estado de hipnosis uno puede arrancarse la camisa, emborracharse con el aire y alinearse con los planetas. Ideal para casi cualquier cosa: un festival, un garito, o una escapada en coche hacia las entrañas de la nada.






domingo, 4 de mayo de 2014

El mágico mundo de lo viejo




Escarbar entre lo viejo como un gaturro en la basura es mi actividad favorita del domingo. Mi principio de Diógenes actúa como un reloj esos días. Es pasajero y me produce una extraña sensación de morbo infantil e insignificancia existencial de lo más placentera y a la vez inquietante:

Buscar el sentido de la vida en una procesión de golondrinas pegadas en una pared verde veronés

Repasar los ABCs que leían tus bisabuelos, en el caso de que supieran leer;

Meterte en la balsa vacía de tus abuelos, donde una bicicleta se consume en óxido y repasar con el dedo las firmas viejas de otros niños que disfrutaron de ella, tapadas por el estucado y olvidadas por el tiempo. 

Saquear las llamas del infierno sin miedo a que una teja te desnuque. 

Salir de allí, volver al siglo XXI, palpar mis manos, sentirlas reales, de carne y hueso. Mirar al cielo. Desenfocar el Sol entornando los ojos y volver a casa de la Abuela.

Las chicharras dan un concierto de rock en la rambla. Todo continúa con su romántica languidez.

A veces me pregunto qué pensó Mr Singer antes de apretar el gatillo, a veces me pregunto cómo hubiera sido su vida de haber podido oír.