viernes, 4 de noviembre de 2011

Cría Cuervos: es hora de despertar

A modo de advertencia, los siguientes párrafos pueden contener pequeños spoilers sobre el film.

Esta película fue rodada el verano antes de que Francisco Franco, ese hombre que sometió a todo un país a su mando, falleciese tras una larguísima agonía. ¿Qué puedo decir de ésta película? Que es una de las grandes bellezas del séptimo arte, tanto en la forma en que está narrada (tanto la belleza de los planos como las elipsis son dignas de estudio), como por su tremenda, tremendísima historia que sirve como testimonio final a una de las etapas más duras de la historia de España... y es que ya iba siendo hora de comenzar a extirpar la presión y la mojigatería que aún en los setenta predominaba, sobre todo en el modelo educativo. Ya Vainica Doble hicieron en aquellos años una dura crítica a este modelo de la vieja escuela que con vara verde e imposiciones han marcado la vida de tantos niños que hoy día podrían ser nuestros padres y abuelos.



Una historia en la que su protagonista, la preciosa Ana Torrent, encarna a una huérfana de ocho años que permanece todo el verano en su caserón de un céntrico y ruidoso Madrid, sumida en una negra neblina donde tomará la sensación de poseer el control absoluto sobre la vida y la muerte de los habitantes de la mansión. Todo es una metáfora de una generación sumida en una estricta educación patriarcal que comienza a despertar, a abrir los ojos y dejar atrás los traumas infundados por tal autoridad: en este caso, el padre, un despótico militar padre de familia será quien deje sombra tras su muerte, habitando en el recuerdo de sus hijas de una forma violenta. Sus antepasados, como es el caso de la abuela, son el triste agonizar de una generación perdida que se aferra a los recuerdos mientras espera un inevitable final. Y la madre. La madre (Geraldine Chaplin), a quien la muerte arrebató a Ana, es una mujer extranjera, dulce y con ansías de libertad que acaba por encerrarse en ese gris agujero de resignación marital y desprecio por parte de su cónyuge. Una trampa mortal que no por ello acabará por separarla de su hija, ya que en ella habita el recuerdo de unas manos cariñosas que acariciaban tristes notas a un piano, una voz dulce que recita el cuento de Almendrita (un día, Almendrita se despertó...) y un cariño y una complicidad que nos aportan los momentos de más ternura de la película; pero también quedará el miedo, la pérdida de la inocencia, la angustia y el rencor hacia ese monstruo que tiene por padre. Todo lo contrario sucederá con su tía, que parece comenzar a encargarse de su educación bajo las directrices paternas. El choque entre ambas es uno de los platos fuertes del filme, el cómo la incomprensión y la rigidez muchas veces son los que crean el clima represivo. De todas formas, el papel de Monica Randall acaba por cobrar una dimensión tan humana que es difícil terminar de odiar a un personaje tan oprimido.


La película ofrece algunas de las escenas más memorables de nuestro cine: la enfermedad de la madre, los líos de faldas del padre (flash-back en las mismas escenas, como si el pasado fuera además un fantasma difícil de desprenderse), las niñas jugando a maquillarse y vestirse como adultas, Ana apuntando a su tía con una pistola o Rosa, la criada, mostrando sus grandes senos a una atónita y curiosa Ana, un papelón inolvidable. O la escena en la que Irene relata a su hermana el GENIAL y simbólico sueño que da explicación a toda la película. Pero, sin duda, siempre me quedaré con la imagen de las tres hermanas bailando una de las más bonitas canciones de nuestro pop (descubierta, por cierto por Carlos Saura, ya que la discográfica de la cantante, Jeanette, se negaba a lanzar comercialmente la canción y a colocarla como alguna cara B). "Porque te vas" es ese requiem al franquismo... aunque más que al franquismo, a la generación que vivió sumida en él. Sueños, ilusiones y ansias de libertad se quedaron calladas, probablemente en millones de hogares similares.

Ana, con esa tierna mirada triste y melancólica se pasea por los rincones de la casa, de ese asfixiante torbellino de tristezas y penurias, como si las paredes hablasen, como si ella misma fuera otro fantasma. Es por eso que su final no puede parecerme de lo más positivo: con esos planos de las niñas yendo al colegio, vestidas de negro y al son de la canción principal. Allí, una nueva generación de niños mirará a un futuro que si bien algo incierto, cargado de esperanza. Ya se acabó el verano y su encierro permanente en aquella casa, adiós sufrimientos, Ana descubre la verdad y por fin acaba por enterrar a sus padres... como si el cuervo al fin escapara de la jaula... como si sus traumas y su pesadumbre vieran, al menos, una salida.


No sé por qué a mis 21 años me siento muy vinculado al personaje de Ana y al tono general de la película. Como si una niebla se postrara ante mi vista y todo lo que viera son sombras de la realidad... aunque haya momentos en que todo vea claro. Aunque, esos momentos no suelen ocurrirme aquí, en esta ciudad. El tono general de la película, su música (incluyendo la canción inicial también y otra de Imperio Argentina) y  su cercanía con detalles como los collages, las fotografías (siempre como viejos recuerdos con nostálgicas anotaciones), la piscina sucia en la que Ana juega o las enigmáticas patas de pollo en la nevera hacen que lo fantasmal y lo cotidiano adquieran una dimensión conjunta propia de una España de beatas que lloran a Santos y visten luto y padres de familia que imponen su criterio puñetazo en mesa. Una España que parece aún seguir vigente en algunos sectores de la moderna sociedad que pretendemos ser (o, por lo menos, alcanzar).