martes, 1 de abril de 2014

Tarde entre ruinas



Pasé de un estado a otro en pocos minutos. Alcancé a subir al campanario de la Iglesia a duras penas y con la lengua hecha papel de lija. Repleta de pintadas, su badajo parecía haber desaparecido y me asomé al palomar lo más rápido que pude. Tenía ese hunch de poder encontrar la Arcadia soñada, más lo que encontré fue la ciudad a lo lejos, con ese manto de mugre flotando sobre ella, a modo de aura infernal. El hueco de aquel campo de retamas lo ocupaba a sus anchas la ingente masa de cemento dedicada a la recreación... solo que no tenía a quién recrear, y el olivo blanco que nos alimentaba con sus navideñas lágrimas había sido repudiado al aserradero para dejar paso a unos funcionales columpios para futuros niños robot.


De pronto, el ruido de las motos me recorrió la nuca. Al otro lado del campanario, un variopinto grupo de individuos se divertía al pie de las ruinas. Parecían hacer creado su propio cáos y detrás de ellos se extendían kilómetros de llanuras llenas de espigas hambrientas de la presencia de fugitivos. Los chicos parecían tener mi misma edad. ¿Cuál es el orden y cuál es el cáos? La agonía y el éxtasis se materializó en aquella procesión. Advirtieron mi presencia, mi mirada furtiva y lasciva y mi labio mordiéndose... Me animaron a saltar, y salté. Quise encontrar la Arcadia y me encontré con una página en blanco. 





Dijeron que viajarían a las Vegas, que se gastarían el dinero que habían sacado del preciado azúcar y que dormirían a la orilla del río. Me pareció bien y me fui con ellos. 

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