miércoles, 2 de abril de 2014

¿Tú que tienes que decir de los ángeles?



¡Conozco tan poco de los ángeles! El otro día creí haber atropellado a uno mientras burlaba los desfiladeros en el coche. Cuando bajé miles de pájaros me rodearon con violencia y me dejaron ver su cuerpo sobre el sedimento. No sangraba por ninguna parte y su belleza me cegaba. ¿Dónde estaban sus alas? Un último latido de su cuerpo conectó con el mío. Y yo quedé muerto de miedo, de lujuria tortuosa, de fascinación maldita.  Lleno de esa morbosa culpabilidad que empuja a los hombres a cruzar el horizonte de la lógica, lo cargué en mi maletero con la esperanza de postrarlo en mi cama, reanimarle y resucitarle, o de conservarlo en formol para siempre... Pero sucumbí a la tentación cobarde de envolverlo en un saco y tirarlo al acantilado, a ser devorado por los monstruos que habitan el Mediterráneo. 

Conduje hasta una cala remota. Era casi el amanecer y, cuando abrí el maletero, los pájaros salieron disparados hacia el cielo. No había rastro de su figura. Poco después, el mar abrazó mi arrepentimiento y allí me quedé.




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