sábado, 24 de septiembre de 2011

Mi terror con las figuritas de antaño. "Un reflejo del miedo" (1973)

Cuando el otro día paseaba husmeando por un mueble viejo pero impecable que mi abuela posee en su casa desde remotos tiempos remotos (probablemente, cuando cambió de baldosas el año pasado), algo me hizo recordar esta fascinante cinta que, si bien no transciende en absoluto en la meca del cine de terror, sí que supone un fascinante y extraño folleto sobre los horrores y las perturbaciones de la personalidad humana... y si a eso le añadimos su rancia estética de telefilme setentetero con Sondra Locke como la horripilante niña protagonista, ¿qué me puede impedir degustarla?

Pues bien, ese "algo" de lo que hablaba y que tanto me hizo erizar los poros de la piel cuando hurgaba como una alimaña el viejo mueble de la abuela no fue nada más ni nada menos que darme cuenta la cantidad de figuritas de porcelana, recordatorios de bodas, fotos de sobrinos-segundos en su primera comunión que quitan el aliento por su inconfundible fealdad (me incluyo yo en alguna de ellas, aunque gracias a dios ahora estan muy bien guardadas en las páginas de algún cuaderno Rubio del 89... ¿por qué coño les hacen parecer a los niños de 8 años marineritos ancianos de la posguerra en los reportajes fotográficos?) y también souvenirs de antiguos viajes a sitios como Benidorm, Mallorca, Pampaneira... en fin, cosas inútiles que la gente colecciona en sus casas incólumes al polvo y al paso del tiempo. Algunos se habían roto y estaban pegaditos con cola barata o celo, intentando mantener el recuerdo de aquel banquete de gambas intacto y el buche. No pude evitar aterrorizarme y recordar esta película: esas figuras de porcelana parecen mirarte con esa simpática mirada y resplandecen en la oscuridad con su pálida tez albina. 

Estos son mis amigos y todos formamos una gran familia. El de la moto es Raulito el Manco.

Pero el pequeño escalofrío que sentí no era para nada desagradable, era inquietante y fascinante a partes iguales. La santa tradición de coleccionar estas figuras es una constante en los hogares de la España profunda (junto con no descolgar el calendario 1996/1997 y tener colgada la jaula del canario que un día habitó en ella). Todos relucientes, ordenados, generando una fauna estática y helada. 

Tanto en la película como en mi propia experiencia, los muñecos no parecen suscitar un miedo que tradicionalmente, en el cine de terror se asocia de forma tan cutre a las adorables figuritas que nos observan con una burlesca carantoña: me estoy refiriendo a clásicos como "Chucky", "La muñeca diabólica" o a esa horripilante cinta que hicieron tras el boom de Toy Story: "Pequeños Guerreros" (¡puaj!). No, no es nada sobrenatural... lo maravilloso de estas criaturas es la atmósfera que pueden suscitar a la hora de hacer una película. Concretamente, en "Un reflejo del miedo", no se utilizan figuritas, sino horripilantes muñequitas, títeres y cabezas sonrientes de plástico que parecen esconder los verdaderos horrores de mente enferma de la protagonista, todo con el propósito de crear una ambiente perfecto para desconcertar al espectador, como si los muñecos fueran la voz que todo el rato escucha la protagonista en su mente... o no. 

Cuando ves esta película entera comprendes el ingenio que ha tenido el director en crear ambientes tan sombríos y macabros y haber mantenido la tensión en todo momento, sin necesidad de haber sangre o fenómenos impactantes a lo "Insidious" (un ejemplo muy logrado, pero muy visto) que hoy día ya no se cree ni el Tato y cuyo presupuesto se eleva a la categoría "potosí". Los episodios de auténtico terror es la incertidumbre que asola a esos momentos totalmente enfermizos, a ese juego de primeros planos de muñecos que conversan con el alma desolada de una niña criada en un clima de lo más represorio a manos de su controladora madre y su odiosa abuela. La película comienza cuando la niña recibe la primera visita en años de aislamiento: la visita de su padre. ¡Crack!

Quizás no debo recomendar la película a públicos muy exigentes amantes del 3D, la sangre bien eleborada, los guiones rebuscados y las metáforas futuristas o catastrofistas. Todo se reduce, al fin y al cabo, de las filias y fobias de un servidor, lo que me permite reivindicar esta película como una pequeña obra de culto, sin grandes pretensiones, que funciona en su atmósfera y en sus elipsis narrativas y que es encarecidamente recomendable a todos los amantes del camp style y que se chiflan por una ración de macabras historias de niñas que dan repelús sólo con verlas.

Sondra Locke, la ex-mujer de Clint Eastwood, interpretando el papel de su vida y oliéndose una trayectoria impecable. ¡Qué pena que no lo lograra!

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