jueves, 25 de septiembre de 2014

Chirivel, el otoño, su dulce tristeza

              



                                           Chirivel, Las ocho, El corijo, el pantano, las zarzas...

Esta mañana las lechugas en el camión se han quedado resguardadas junto con una buena pasada de pimiento rojo. La niebla que reinaba a primera hora era casi fantasmal: el cortijo, a lo alto de la colina, hubiera podido estremecer a la mismísima Emily Bronte. Los álamos parecían sombras chinescas tras una cortina blanca, mi vista no alcanzaba más allá de los diez metros, detrás todo se perdía en niebla. El Sol parecía casi un elemento decorativo, como una pegatina gris, sin brillo, invisible. Inquietante y bello.


Luego ha empezado a llover mientras desayunábamos. Yo me he tomado mi bocadillo de pimientos pasados por lluvia. Luego un hojaldre. Me acabo de enterar que el hojaldre lleva manteca de cerdo. Casi vomito. ¡Qué asco, joder! No puede uno darle un bocado a nada sin que le echen cerdo o cordero, sin que el alma de un semejante haya sido arrebatada de su bendita carne. Subimos las cajas que quedaban a toda prisa al camión y nos hemos vuelto.

                               




Al llegar me he quedado dormido nada más entrar en la habitación: sin cambiarme un ápice mi sucísima ropa. Aún voy como un gorrino. Al despertarme... la lluvia, con violencia, golpeaba la tierra recién sembrada de El Torrejón. Todo estaba inundado de lluvia. He salido a la calle descalzo a buscar a los michos y me he asustado al encontrar sólo a uno de ellos. Idiota de mí, que me preocupo por nada. Sé perfectamente que se cuidan solos, aunque lo que sí sé es que la lluvia se les hace más ligera con el brazo de su padre protegiéndoles de todo. Nos necesitamos todos. Los unos a los otros, por muy espabilados que seamos. Es curioso: nunca van más allá de la puerta, a no ser que me sigan. Me esperan para acompañarme donde vaya, allí descubren el mundo: las chumberas, las culebras, los saltamontes, las coliflores, los pájaros, las tueras... Todo lo que su instinto, por ahora, les veta sin una compañía protectora.


La electricidad va y viene cuando le da la gana. Sigo cansado, pero no lo suficiente como para echar a perder la tarde, así que miro por la ventana y escribo este post. Me pongo el "Way to blue" y degusto el amargo de sus cuerdas, de la voz de Nick Drake, ese tímido amigo al que no conocí. Ese poeta de la naturaleza que murió a sus 26 años (¡quién sabe por qué!)... componiendo sus canciones, tocando sin ser reconocido en vida, degustando tueras. Su vida, su muerte, le dan sentido a todo esta tarde. Nada puede ser más perfecto, nada puede encajar mejor. Los gatos dormitan. Yo reposo mis huesos. La tierra bebe, la lavanda reverdece, todo es como en blanco y negro. No existe el tiempo ahora. Las dos versiones existentes de la canción (una a piano viejo y otra a estremecedoras cuerdas) se reproducen una y otra vez.


Me alegro de escribir estos diarios. Cuando sea viejo los podré tener y recordar todo lo que un día fue mío.


Versión a piano viejo de "Way To blue". No me decido por cuál me gusta más. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario