viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo 2013


Siempre quise encontrar esa luz de la que los Cuaqueros sostienen que habita dentro de todo ser humano.

He de afirmar que llevo años entre borrascas, entre brumas cegadoras, como caminante perdido a la orilla de un puerto. Esa Niebla por la que vagamos todos con mas o menos destreza, con más o menos orientación, y a la que sin querer nos aferramos con mayor o menos desesperación. ¿Tanto miedo tenemos a la verdad? ¿O a nosotros mismos? Tras años publicando en esta decadente bitácora con la esperanza de poder haber encontrado un camino, concluyo que ese camino hacia la luz no ha hecho más que comenzar en este mismo instante, en el que las notas de Schubert embriagan toda la atmósfera que hay a mi alrededor. Hoy viernes, con mis ojos clavados en el cielo mientras me abría paso en una pequeña ventisca, las nubes se han abierto ante mis ojos, desnudando la inmensidad del cielo, la inmensidad de la vida. Hoy no he hecho más que darme cuenta de que en el vacío de soledad en el que he vivido durante tantos años no es menor que la penumbra en la que nos encontramos. 

Hoy, día en el que Nuestro Señor Jesucristo murió por todos nosotros, o así rezan algunos, día en el que la humanidad se sumió en las tinieblas, he encontrado un indicio de esa luz divina que habita, latente, en el corazón humano.

Me despido de esta publicación por un tiempo indefinido. Este blog no ha sido más que el testimonio de una etapa de mi vida sumida en la tiniebla y escudada en la ironía para cubrir la profunda tristeza del alma ciega y desesperada. Emprendo pues el camino hacia la luz.


¿Significa esto que mis días de alcahueta han terminado?

No lo sé.

Dios os bendiga. Hasta la vista.

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